A la noche
La noche, que invita al descanso corporal, nos debe mantener de todas maneras en la presencia de Dios: el tejido de nuestra existencia retoma los hilos de nuestro corazón y, como enseña el peregrino ruso, hace de cada respiración un palpitar espiritual, un palpitar divino, que nos mantenga en sintonía con nuestro Papá santísimo… he aquí la perfección de nuestra vida: mantenernos asidos a Dios.
Como expresó Martica Robin: “Toda perfección está en el amor” y ese es nuestro último fin: en-amor-arnos de Dios, hundirnos en el Corazón de Dios, anonadarnos espiritualmente. Si éste es nuestro más alto deseo, entonces nos haremos puros: “Sólo un deseo: / desear a Dios / sin más deseos / en el corazón”; e iremos caminando en pobreza: “Deseo poco / y lo poco que deseo / lo deseo poco” (san Francisco de Asís); hasta que nuestra alma se arrobe en la obediencia: “Si así Dios lo quiere / también lo quiero tan bien”, porque no existe mayor alegría, en el Cielo y en la Tierra, que hacer la Voluntad de Dios.
Al anochecer, de cada día, y de nuestra vida, nos evaluaremos en la escala de perfección que hayamos alcanzado, cuya medida más alta es el en-amor-amiento en estas tres dimensiones: pureza, pobreza, obediencia. Por más mínimo que sea nuestro avance cada día, la noche nos mostrará su fruto.
